Lunes, 10 Septiembre 2018 14:29

El Estado como objeto de deseo

Escrito por  Mailer Mattié
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[El aislamiento humano] hoy reina en todas partes y no ha llegado aún la hora de su fin. Hoy todos aspiran a separar su personalidad de las demás personalidades, a gozar individualmente de la plenitud de la vida. Sin embargo, los esfuerzos de los hombres, lejos de alcanzar sus fines, conducen a un suicidio total, ya que, en vez de conseguir la plena afirmación de su personalidad, los seres humanos caen en la soledad más completa. En nuestro siglo, todos los hombres se han fraccionado en unidades. Cada cual se aísla en su agujero, se aparta de los demás, se oculta con sus bienes, se aleja de sus semejantes y aleja a sus semejantes. Amasa riquezas él solo, se felicita de su poder y de su opulencia, y el insensato ignora que cuanta más riqueza reúne, más se hunde en una impotencia fatal. Porque se ha habituado a contar solo consigo mismo y se ha desligado de la colectividad; se ha acostumbrado a no creer en la ayuda mutua, ni en su prójimo, ni en la humanidad, y tiembla ante la sola idea de perder su fortuna y los derechos que ésta le otorga. Hoy este espíritu humano empieza a perder de vista, cosa ridícula, que la verdadera garantía del individuo radica no en su esfuerzo personal aislado, sino en su solidaridad. Este terrible aislamiento terminará algún día, y entonces todos los hombres comprenderán que su separación es contraria a todas las leyes de la naturaleza, y se asombrarán de haber permanecido tanto tiempo en las tinieblas, sin ver la luz.
 
Fiódor Dostoievski. Los hermanos Karamazov, 1880.
439px Mumford by LGdL
Nada puede tener como destino lo que no tiene como origen, advirtió Simone Weil el siglo pasado. Resulta comprensible, entonces, que no parezca razonable esperar de la civilización contemporánea -y sus múltiples formas de usar la fuerza y la violencia-, algo más que la degradación de la vida mediante el menosprecio de la personalidad humana y la destrucción de la naturaleza. Por tanto, es una necesidad cada vez más apremiante, no solo desacreditar todo el mal inherente al mundo moderno; también, decidir los pasos iniciales para emprender un giro radical desde el pensamiento y la acción. Este es, a mi modo de ver, el espíritu del legado de Lewis Mumford, 1 imprescindible fuente de inspiración para idear nuevas utopías arraigadas en la vida real -a semejanza de “El orden económico natural” de Silvio Gesell, “Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma” de Weil o “La sociedad desescolarizada” de Iván Illich2 , que permitan reconducir hacia el bien el incierto destino que aguarda a la humanidad, si continúa encadenada a motivaciones erróneas e intereses suicidas y disparatados. La inspiración es también una de las necesidades del alma.
 
Desde el siglo XV hasta el siglo XVIII emergió en Europa un nuevo marco cultural y se produjo una transformación de las formas de vida social, cuya influencia se extendió progresivamente a casi todas las regiones del planeta. Un proceso vinculado, por una parte, al desarrollo del capitalismo mercantilista y a la consolidación del Estado nacional -incipiente desde el siglo XIV-; y, por otra, al dominio de la Física mecanicista en la interpretación de la realidad.
 
Es decir -tal como precisó Mumford-, 3 aparecieron simultáneamente en el escenario social el amor abstracto por el dinero y el poder, junto a una novedosa concepción del espacio -reducido a orden y medida- y del tiempo -lineal, contrario al movimiento cíclico de la naturaleza-.
La ciudad, a su vez, se transformó en un medio para consolidar el poder político y la era de las “ciudades libres”, 4 con sus modos de vida relativamente democráticos durante la Edad Media en muchos lugares, cedió el paso a la época de las “ciudades absolutas”: asentamientos del despotismo centralista, la burocracia estatal y los ejércitos, donde, además, perdieron su lugar los vínculos comunitarios, la vecindad y el afecto, sustituidos ahora por todo aquello que separa radicalmente a las personas: la avaricia, el orgullo y el anhelo de prestigio, riqueza y poder.
 
En relación con los seres humanos, por tanto, las nuevas referencias culturales tuvieron consecuencias determinantes, entre las cuales figura la pérdida de la noción de límite que fomentó el desarrollo de las principales supersticiones del mundo moderno: la supuesta naturaleza infinita del crecimiento de la economía -de la producción y del consumo-, del lucro, del poder político y de la expansión urbana.
 
Fantasías, ciertamente, avaladas por el pensamiento académico y la ciencia; útiles, sobre todo, para ocultar las verdaderas causas de los desequilibrios sociales que afectan hoy sin misericordia a la especie humana.
 
Mumford recurrió en su libro Historia de las utopías a la metáfora de la Casa Solariega para ilustrar los principios, motivaciones, aspiraciones y efectos sobre las personas de este nuevo modo de vida social. Un modelo poderoso -expresó- que impuso con éxito sus parámetros, influyendo en todos los estratos de la sociedad, a cuyo irracional nivel de consumo -particularmente entre la aristocracia y la naciente burguesía- atribuyó la responsabilidad de la orientación que siguió la Revolución Industrial a partir del siglo XIX, así como el fundamento de la codicia en el mundo actual.
 
Una forma de vida, ciertamente, sin relación alguna con el júbilo y la felicidad de una colectividad, dado que sus principios básicos eran, de un lado, la  propiedad basada en el privilegio -principalmente la propiedad de la tierra-, obtenida en gran parte mediante el fraude y el abuso de la fuerza; y, de otro, el disfrute pasivo, pues la cultura dejó de ser entendida como participación directa en las actividades creativas comunitarias, para identificarse completamente con la adquisición individual de bienes -espirituales o materiales- producidos en otros lugares.
 
El ideal de la existencia en esta Casa Solariega, por tanto, implicaba, sobre todo, que hombres y mujeres abandonaran la práctica de sus tradicionales funciones en la comunidad; es decir, un mundo donde todas esas actividades humanas dependían ahora de funcionarios del Estado, en reemplazo, por ejemplo, de las relaciones de reciprocidad, ayuda mutua, protección y seguridad, gestión de recursos comunes, crianza y educación de los niños, cuidado de personas mayores y enfermos, gobierno local, etcétera.
 
Un entorno social, en realidad, integrado por una multitud anárquica de individuos aislados; incompatible -subrayó Mumford- con la herencia biológica de la especie, suscitando en cada uno, por ende, la exigencia de compensar las hondas carencias de una vida divorciada de la colectividad, vacía de humanidad, persiguiendo, obsesivamente, el objetivo de crear una “casa solariega” particular donde reinara la diversión pasiva, el ocio mercantilizado, el tedio y la inactividad.
 
No se trataba, pues, de construir un ideal para enaltecer lo humano; en su origen, la Casa Solariega fue solo el patrón que permitió transformar el orden medieval, permanentemente estigmatizado desde el siglo XVIII, en el orden característico de la modernidad. 
 
A raíz de la desenfrenada demanda de bienes y servicios de la Casa Solariega, durante el siglo XIX la industrialización se convirtió, en efecto, en la principal fuerza impulsora de la vida social.
 
A tal punto, como señaló Mumford, que la economía, el poder, la velocidad, la cantidad y la novedad se convirtieron a partir de entonces de medios en fines; es decir, se diferenciaron de la satisfacción de las necesidades humanas para fomentar los intereses específicos de la expansión de la producción y del lucro.
 
Otro de sus resultados inmediatos más importantes fue también el desplazamiento global de población que se produjo, por lo cual el proceso de urbanización aumentó casi en proporción directa al crecimiento industrial.
 
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, de hecho, el 13 por ciento de la población mundial vivía en ciudades de más de 100 mil habitantes, en comparación con el 1.7 por ciento a comienzos del siglo XIX. Una tendencia civilizatoria imparable; en la actualidad, efectivamente, según cifras de 2017 el 54.5 por ciento de la población del planeta vive en ciudades de más de 300 mil  habitantes: el 75 por ciento de la población europea y el 82 por ciento de los habitantes de los Estados Unidos; se prevé, además, que en 2050 la cifra alcance el 70 por ciento de la población mundial.
 
Mumford denominó Coketown el modo de vida social de la era industrial. Un modelo -afirmó- sin equivalencia en ninguna otra civilización; por tanto, es legítimo suponer que sus efectos sobre los seres humanos resulten de igual forma inéditos.
 
Un mundo donde la existencia de la mayoría de las personas transcurre en la fábrica; es decir, en el nuevo núcleo de la actividad social donde el individuo es esencialmente un trabajador asalariado: una parte más del engranaje cuyo fin es aumentar constantemente la producción, 5 en medio de la degradación sin precedentes del trabajo y de las aspiraciones humanas. 
 
La creatividad activa del trabajo manual fue, de hecho, completamente sustituida por la creatividad pasiva de las actividades industriales, donde unos dirigen y la mayoría obedece.
 
La furia productiva de Coketown, pues, solo es comparable al frenesí consumista que genera -observó Mumford-: condición indispensable para que el mecanismo de la civilización continuara funcionando.
 
La Casa Solariega y Coketown, representan, en síntesis, dos momentos de la civilización conectados entre sí.
 
Para que tal nexo fuera posible, no obstante -precisó Mumford-, era necesario que existiera una estructura, un puente de unión: vale decir, la utopía colectiva del Estado nacional.
 
El paso fundamental, sin embargo, fue conseguir que dicha estructura - inseparable de la violencia, la destrucción y la guerra- se consolidara, a la vez, como una institución deseada con vehemencia por la población; es decir, el afianzamiento de un mito social que proporcionara identidad y cohesión a las personas y condicionara su comportamiento social; un mito, de hecho, proyectado con tenaz insistencia durante los últimos cuatrocientos años.
 
Una aspiración negativa, sin duda, manifiesta incluso en los proyectos aparentemente más radicales de justicia y transformación social en la historia contemporánea, como la lucha de las colonias por la independencia, la dictadura del proletariado o el socialismo del siglo XXI y demás revoluciones y utopías desarraigadas de la vida real y de lo humano.
 
La existencia del Estado, por ende -a juicio de Mumford-, se sitúa clara y definitivamente en un plano distinto al que puede definir un territorio, una frontera, un edificio o una ciudad: está enraizada en la mente misma de las personas, como un objeto de deseo, de culto, de reverencia e idolatría.
 
Un ideal, en fin -concluyó-, demasiado estrecho para el espíritu humano, porque separa la cultura en segmentos -literatura nacional, arte nacional, arquitectura nacional, etcétera- y demasiado grande, al mismo tiempo, porque aísla a las personas unas de otras y sustituye los vínculos comunitarios por simples nexos establecidos en papel.
 
De este modo, el nacionalismo constituye, desde luego, una de las manifestaciones más intensas del deseo por el Estado en la época actual. Tiene, además, el diabólico efecto de crear la ilusión entre los trabajadores de Coketown de que tienen más objetivos en común con sus propios opresores, herederos de la Casa Solariega, que con los demás asalariados de la nación que adversan.
 
Esta reconciliación ideal entre los opresores y los oprimidos tiene algo de religioso, decía Mumford. No obstante, ilustra muy bien la función del Estado como puente entre la Casa Solariega y Coketown, en su objetivo de contribuir a la permanencia de los principios y fundamentos de la civilización.
 
Es más, el deseo por el Estado traza con frecuencia también un puente entre las ideologías, mostrando la vulnerabilidad de las aparentemente sólidas y radicales diferencias entre los postulados políticos de derecha y de izquierda.
 
En la civilización contemporánea, en fin, aunque tecnológicamente es más avanzada que cualquier otra forma de vida social anterior, la evolución que sigue el desarrollo de la personalidad humana y las relaciones entre los individuos, hace de ella un mundo socialmente muy atrasado, donde la auténtica democracia es una utopía inalcanzable.
 
 
 Madrid, verano de 2018
 
Notas:
 
1 Lewis Mumford nació en Nueva York el 15 de octubre de 1895. Fue historiador, crítico cultural, filósofo, urbanista y profesor. Sus primeros ensayos hacían referencia a la destrucción ecológica durante la conquista del territorio de los Estados Unidos; desde 1931 escribió, asimismo, sobre arquitectura y urbanismo en The New Yorker. Murió a los 95 años, también en Nueva York, el 26 de enero de 1990.
Entre sus publicaciones: The Story of Utopias (1922); Sticks and Stones (1924); The Golden Day (1926); Herman Melville: A Study of the Arts in America (1931); Technics and Civilization (1934); The Culture of Cities (1938); The Condition of Man (1944); Values for Survival (1946); The Conduct of Life (1951); Art and Technics (1952); The City in History (1961); The Highway and the City (1963); The Mith of the Machine: Technics and Human Development (1967); The Urban Perspect (1968); The Pentagon of Power (1970); My Work and Days: A Personal Chronicle (1979); Sketches from Life: The Autobiography of Lewis Mamford (1982).
 
2 Véase: Mattié, Mailer. La bondad del dinero: el tránsito hacia nuevas formas de convivencia social, en: https://institutosimoneweilediciones.wordpress.com/2017/07/19/108/; Mattié, Mailer y Sylvia María Valls. Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Inspiración práctica de la vida social, en: https://institutosimoneweilediciones.wordpress.com/2017/07/20/132/; Mattié y Valls. Iván Illich (1926-2002). XV aniversario de su muerte, en: https://institutosimoneweilediciones.wordpress.com/2017/11/30/ivan-illich-1926-2002-xv-aniversario-de-su-muerte/
 
3 Mumford, Lewis. Historia de las utopías. Pepitas de calabaza. Logroño, 2013; en: https://es.scribd.com/document/357135863/Mumford-Lewis-Historia-De-Las-Utopias-pdf
 
4 Mumford, Lewis. La ciudad en la historia. Pepitas de calabaza. Logroño, 2014; en: https://istoriamundial.files.wordpress.com/2013/11/la-ciudad-en-la-historia_lewis-mumford.pdf
 
5 Véase: Weil, Simone. La condición obrera. Trotta. Madrid, 2014. Las reflexiones a partir de su propia experiencia como asalariada en fábricas de París en 1935.
 
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